miércoles, 5 de septiembre de 2012

Lo observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud, mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un agustioso deseo de llamarlo. ¿Mierdo de qué?. Cuando desapareció, me sentí irritada, infeliz, pensando que podría no verlo más. Lo reconocí inmediatamente; podría haberlo reconocido en medio de una multitud. Sentí una indescriptible emoción. Pensé tanto en él, durante esos meses, imaginé tantas cosas, que al verlo, no supe qué hacer. La dificultad mayor con que siempre tropiezo en esos encuentros es la forma de entrar en conversación. Me miró extrañado, pero yo sostuve su mirada con ingenuidad. No quedaba sino esperar una feliz circunstancia, de esas que suelen presentarse cada millón de veces: que él hablara primero. Yo construí durante meses de reflexión, de melancolía, de rabia, de abandono y de esperanza, una serie interminable de variantes. Me decidi a hablarle pero a medida que avanzaba noté que mi decisión disminuía, al mismo tiempo que mi habitual timidez crecía tumultuosamente, por otro lado imaginé que podía pasar mucho tiempo antes de volver a encontrarlo... Miré ansiosamente su rostro duro, su mirada dura. "¿Por qué esa dureza?", me preguntaba, "¿Por qué?". Mi cabeza era un pandemonio: una cantidad de ideas, sentimientos de amor y de odio, preguntas, resentimientos y recuerdos se mezclaban y aparecían sucesivamente... ¡Ay! Mis sentimientos de felicidad son tan poco duraderos...Me dediqué a imaginar su rostro, su mirada, su forma profunda y melancólica de razonar. Sentí que el amor que yo había alimentado durante años de soledad se había concentrado en él. ¿Cómo podía pensar cosas tan absurdas? Traté de olvidar, pero no pude. Amaba desesperadamente a ... y no obstante la palabra amor no se había pronunciado entre nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario